Connect with us

Pueblos Originarios

Alexander McLennan: El Chancho Colorado

Publicado

on

El escocés Alexander McLennan llegó a Tierra del Fuego en 1895 para administrar la estancia Pri­mera Argentina del estanciero José Menéndez, con quien se congració por su pragmatismo y eficacia a la hora de tratar el problema aborigen: “Mejor meterles bala”, y así lo hizo. Su célebre puntería con el rifle no mermaba ni bajo los efectos de grandes ingestas de alcohol. Desde su llegada lideró un sangriento ex­terminio de los selknam que vivían en tierras de sus patrones.

Alexander McLennan invitó a una tribu selknam a un banquete para sellar un acuerdo de paz. Du­rante el banquete, McLennan sir­vió grandes cantidades de vino. Al comprobar que la mayoría de los indígenas se habían embriagado, en especial los hombres, McLen­nan se alejó del lugar y ordenó a sus ayudantes, apostados en las colinas, abrir fuego contra toda la tribu.

Monseñor Fagnano lo describe de la siguiente manera: “(El Chan­cho colorado) ganó en un año, en pre­mios por tan macabro sport, la suma de 412 esterlinas, lo que quiere decir que en un año había muerto 412 indios. Esta deplorable hazaña fue festejada con champagne, en medio de una in­calificable orgía, por algunos miembros de la compañía que brindaron por la prosperidad de la ‘Esplotadora’ i por la salud del brillante tirador…” Hasta ahora, ¡sólo se ha contado algo parecido de caníbales!.

Seguir leyendo
Comentá aquí

Leave a Reply

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Editorial

La ballena en la mitología Selknam

Publicado

on

Por

Los chamanes y sus ballenas envenenadas

Martin Gusinde registró dos versiones de un mito vincu­lado a la ballena y a la capa­cidad que tenían los hechiceros (Xon) para manipular a este animal mediante sus poderes, con propósitos vengativos.

El testimonio del selknam Antonio Toin se refiere a la venganza de Elankái­yink para vengar la ofensa sufrida por su hijo, rechazado por los familiares de una muchacha a la que pretendía como es­posa. Elankáiyink, poderoso Xon, dirige una gran ballena hacia el norte para que vare en una playa y sirva de alimento a los ofensores. El cuerpo del animal esta­ba dotado de un maleficio mortífero. Los familiares de la muchacha disfrutaron de la carne y de la grasa, pero después de comer empezaron a sentir los síntomas del maleficio. Los trozos consumidos del animal comenzaron a moverse, a saltar y a golpear a la gente hasta matarla. Todas las porciones de grasa regresaron a la ballena. El enorme animal se recompuso completamente, se arrastró hasta el mar y regresó al lugar donde vivía el viejo Elankáiyink. Ventura Tenenesk relata una versión similar del mismo mito, pero con mayores detalles (Gusinde 1982: 617-

622). En este caso Hacamses es el padre vengador. Con el poder de su Wáiyuwen hace varar una ballena y de esta esta hace otra más pequeña, Kwáke, dotada de un gran poder mortífero.

En el relato, el Xon vara a la ballena en una playa cercana a Río Grande, luego la conduce a la playa de San Sebastián y finalmente la hace varar en una playa si­tuada más al norte, donde se encontraba el grupo de los ofensores.

En ambas versiones hay referencias al agrado y expectación que sentían los selk­nam por el abundante consumo de grasa y carne de ballena en el lugar donde va­raba y a la práctica de almacenar grandes trozos de grasa en los turbales para un consumo posterior. Este dato del mundo mitológico es de particular importancia si se considera que los selknam, en sus prác­ticas alimentarias más habituales no alma­cenaban alimentos y, por el contrario, se caracterizaban por el consumo inmediato o en un corto plazo de días, de los princi­pales recursos.

Fuente: Las ballenas en el mundo selknam: un enfoque desde la arqueología y otras disciplinas, en el norte de Tierra del Fuego. Convenio FONDECYT, Dirección de Bibliotecas, Ar­chivos y Museos (Museo de Historia Natural de Concepción) y Universidad de Magallanes (Instituto de la Patagonia).

El envenenamiento de Spring Hill

Hacia fines del siglo XIX la Isla Grande de Tierra del Fuego concitó el interés de poderosas compañías ganaderas. La introducción de las estancias ovejeras creó fuertes discordia entre los nativos y los colonos (británicos, argentinos y chilenos). Este conflicto llegó a adquirir ribetes de gue­rra de exterminio.

Aventureros, buscadores de oro y ganaderos se sumaban a la puja territo­rial descontrolada en la que los selknam constituían un obstáculo a sus aspira­ciones. Las grandes compañías ovejeras llegaron a pagar una libra esterlina por cada selknam muerto, lo que se aceditaba presentando manos u orejas de las vícti­mas y, más tarde, una libra por testículos y senos (como una forma de garantizar, al menos, la no descendencia) y media libra por cada oreja de niño. Esta maca­bra oferta convocó el interés de asesinos profesionales que utilizaron sistemas de matanzas masivas para incrementar sus ganancias con el menor esfuerzo. Quizá el mayor ejemplo de estas atrocidades lo constituya la masacre por envenena­miento de Spring Hill, ocurrida en un año indeterminado de la primera década del siglo XX, probablemente en 1910.

«-En cierta ocasión y en un punto de Tie­rra del Fuego, que se denomina Spring Hill quedó varada una ballena. No se sabe si la marea la arrastró o si fue llevada de propósi­to. Lo cierto del caso es que fue vista primero por los perseguidores de indios y mani­pulada por ellos con toda clase de venenos. Descubierta la ballena por varias tribus de onas, y golosos como son éstos de la grasa del cetáceo, se dieron el gran banquete y allí que­dó el tendal de muertos, como si se hubiera librado una gran batalla; se calculan en unos quinientos o más, fue un día de “caza máxi­ma”.»(*1).

(1*) Borrero, José María, La Patagonia trágica

(2.ª edición), Argentina: Zagier & Urruty, pp. 21-22.

 

Coleccion: Pueblos Originarios. Ballenas y Arpones

 

Seguir leyendo

Grafica

Selknam: La fiesta de la ballena no era un asunto exclusivo de los canoeros

Publicado

on

Por

Los selknam ocupaban casi toda la superficie precordillerana de Tie­rra del Fuego, a excepción del ex­tremo suroriental de la península Mitre, habitado por los haush. El sector suroc­cidental de la Isla Grande, conformado por fiordos y altas montañas era territo­rio de los yámanas y alakalufes.

Los selknam del norte poblaban las extensas estepas septentrionales, desde el estrecho de Magallanes hasta el límite natural del Río Grande, mientras que los selknam del sur habitaban desde el bos­que meridional hasta la costa norte del canal Beagle.

Naturalmente, la topografía y la na­turaleza de cada región produjeron respuestas culturales, alimentarias y tecnológicas específicas y diferentes. No obstante, existían entre los distintos grupos selknam pautas de convivencia comunes respetadas por todos, lo que garantizaba una convivencia pacífica y promovía el intercambio de bienes.

Los selknam del norte se dedicaban preferentemente a la caza del guanaco. Complementaban su dieta con el consu­mo de coruros, aves, zorros, algunos fru­tos silvestres y productos de recolección marina y peces. Los selknam del sur caza­ban el guanaco en forma aún más abun­dante y completaban su alimentación con aves, zorros y variados productos del li­toral marino.

Un histórico lugar común consiste en definir a los selknam como cazadores-recolectores cuya supervivencia estaría vinculada de forma excluyente a los re­cursos terrestres y que poco interés pres­taban a los marítimos. Esta afirmación se apoya en el hecho de que no hayan desarrollado tecnologías de navegación. Basta recorrer la costa oriental de la isla para advertir la inutilidad de intentar al­gún tipo de navegación allí, dadas la ex­tensísima longitud de sus playas rocosas y las abruptas variaciones de las mareas, causantes, además, de los celebrados va­ramientos de cetáceos.

Lo cierto es que tanto los onas del nor­te como los del sur aprovechaban estos eventos, que se producían regularmen­te en todo el territorio costero. Desde el Estrecho de Magallanes hasta península Mitre, las mareas producen oscilaciones de más de 6 metros de altura en cuestión de horas y provocan que los cetáceos dor­midos, al despertar, sean sorprendidos en playas que se extienden por hasta 9 kilómetros, con la imposibilidad de na­dar o sobrevivir hasta la próxima suba de nivel. Desde la estepa se pueden advertir con claridad los remolinos de aves carro­ñeras anunciando los varamientos, como una invitación natural al festín.

Seguir leyendo

Pueblos Originarios

Bridges: Sabe quien oye y lee, pero más sabe quien vive

Publicado

on

Por

La familia Bridges, testigos y actores dela historia fueguina

Carlos Gallardo afirma en su libro Los onas, publicado en 1910: Harto difícil es llegar a ponerse en contacto con el indio salva­je, porque huye del hombre civilizado al que considera como una amenaza y del cual sólo ha recibido maldades.

El ona considera como una fata­lidad el que el blanco haya ido a su territorio y hoy existen algunos en la vecindad del lago Fagnano que se va­naglorian entre sus compañeros de no haber visto nunca a un hombre blanco. Sin embargo, es preciso buscar y poner­se en contacto íntimo con el salvaje si se desea conocer al hombre primitivo en la más lata acepción de esta palabra, y entre los cuales el antropólogo y el etnó­logo hallan elementos para realizar un estudio interesantísimo. Ese indio es el único que puede darnos la noción exac­ta de su modo de ser en el pasado y en el presente, pues como no tienen historia escrita y sí solo la tradición, de ahí que el investigador debe hacerlo todo por sí mismo viéndolos y oyéndolos.

El indio semicivilizado que encon­tramos en Punta Arenas, Río Grande, Dawson y Ushuaia, pocos elementos de juicio suministran al que procura co­nocerlo y estudiarlo y es el causante del error en que han incurrido algunos viajeros publicando de buena fe y como exactos informes recogidos entre estos indios que los adulteran por ignorancia ó por picardía”.

En ese sentido, los escritos de Tho­mas y de Lucas Bridges, que tratan so­bre vivencias propias desarrolladas a lo largo de décadas de convivencia di­recta con los nativos, constituyen una cantera de información de gran verosi­militud y son valorados por los espe­cialistas como los testimonios más con­fiables que se hayan publicado acerca de los pueblos originarios fueguinos.

Incluso Martin Gusinde, el autor de la obra más colosal acometida so­bre las etnias más australes, reconoce esto permanentemente en sus escritos. Además del célebre alemán, entre fines del siglo XIX hasta mediados del XX los más ilustres investigadores -Nor­denskjöld, Cook, Gallardo, Gusinde, Chapman,etcétera, en su tránsito por Tierra del Fuego, han pasado por el hogar de los Bridges recurriendo a sus servicios de guías, intérpretes y anfi­triones y dejaron asentados su gratitud y reconocimiento.

El reverendo Thomas fue el pri­mer misionero en establecerse en for­ma permanente en Tierra del Fuego en 1874. Aquí formó una familia en la que la crianza de sus hijos se desa­rrolló, naturalmente, en convivencia exclusiva con los nativos, con quienes compartieron sus juegos infantiles y aventuras adolescentes.

Lucas, el hijo escritor, cuenta una salida de cacería con sus amigos selk­nam, dejando una muestra del sincre­tismo natural producido entre estas dos realidades culturales tan diferentes: “Mis compañeros llevaban sus aljabas de cuero de lobo marino llenas de fle­chas y yo mi Winchester y una buena provisión de municiones (…) En esta excursión, como tenía intención de lle­gar hasta la región civilizada del otro lado de la isla, cambié el cubrecabezas por una gorra más convencional y me puse una chaqueta encima de la cami­sa, aunque cubría el conjunto con la capa de piel típica de los indios. Lleva­mos también una pequeña olla y varios jarros de estaño, algunas cucharas de hierro y un poco de arroz, azúcar, café, sal y galleta.

Seguir leyendo

Mas vistas