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Editorial

La ballena en la mitología Selknam

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Los chamanes y sus ballenas envenenadas

Martin Gusinde registró dos versiones de un mito vincu­lado a la ballena y a la capa­cidad que tenían los hechiceros (Xon) para manipular a este animal mediante sus poderes, con propósitos vengativos.

El testimonio del selknam Antonio Toin se refiere a la venganza de Elankái­yink para vengar la ofensa sufrida por su hijo, rechazado por los familiares de una muchacha a la que pretendía como es­posa. Elankáiyink, poderoso Xon, dirige una gran ballena hacia el norte para que vare en una playa y sirva de alimento a los ofensores. El cuerpo del animal esta­ba dotado de un maleficio mortífero. Los familiares de la muchacha disfrutaron de la carne y de la grasa, pero después de comer empezaron a sentir los síntomas del maleficio. Los trozos consumidos del animal comenzaron a moverse, a saltar y a golpear a la gente hasta matarla. Todas las porciones de grasa regresaron a la ballena. El enorme animal se recompuso completamente, se arrastró hasta el mar y regresó al lugar donde vivía el viejo Elankáiyink. Ventura Tenenesk relata una versión similar del mismo mito, pero con mayores detalles (Gusinde 1982: 617-

622). En este caso Hacamses es el padre vengador. Con el poder de su Wáiyuwen hace varar una ballena y de esta esta hace otra más pequeña, Kwáke, dotada de un gran poder mortífero.

En el relato, el Xon vara a la ballena en una playa cercana a Río Grande, luego la conduce a la playa de San Sebastián y finalmente la hace varar en una playa si­tuada más al norte, donde se encontraba el grupo de los ofensores.

En ambas versiones hay referencias al agrado y expectación que sentían los selk­nam por el abundante consumo de grasa y carne de ballena en el lugar donde va­raba y a la práctica de almacenar grandes trozos de grasa en los turbales para un consumo posterior. Este dato del mundo mitológico es de particular importancia si se considera que los selknam, en sus prác­ticas alimentarias más habituales no alma­cenaban alimentos y, por el contrario, se caracterizaban por el consumo inmediato o en un corto plazo de días, de los princi­pales recursos.

Fuente: Las ballenas en el mundo selknam: un enfoque desde la arqueología y otras disciplinas, en el norte de Tierra del Fuego. Convenio FONDECYT, Dirección de Bibliotecas, Ar­chivos y Museos (Museo de Historia Natural de Concepción) y Universidad de Magallanes (Instituto de la Patagonia).

El envenenamiento de Spring Hill

Hacia fines del siglo XIX la Isla Grande de Tierra del Fuego concitó el interés de poderosas compañías ganaderas. La introducción de las estancias ovejeras creó fuertes discordia entre los nativos y los colonos (británicos, argentinos y chilenos). Este conflicto llegó a adquirir ribetes de gue­rra de exterminio.

Aventureros, buscadores de oro y ganaderos se sumaban a la puja territo­rial descontrolada en la que los selknam constituían un obstáculo a sus aspira­ciones. Las grandes compañías ovejeras llegaron a pagar una libra esterlina por cada selknam muerto, lo que se aceditaba presentando manos u orejas de las vícti­mas y, más tarde, una libra por testículos y senos (como una forma de garantizar, al menos, la no descendencia) y media libra por cada oreja de niño. Esta maca­bra oferta convocó el interés de asesinos profesionales que utilizaron sistemas de matanzas masivas para incrementar sus ganancias con el menor esfuerzo. Quizá el mayor ejemplo de estas atrocidades lo constituya la masacre por envenena­miento de Spring Hill, ocurrida en un año indeterminado de la primera década del siglo XX, probablemente en 1910.

«-En cierta ocasión y en un punto de Tie­rra del Fuego, que se denomina Spring Hill quedó varada una ballena. No se sabe si la marea la arrastró o si fue llevada de propósi­to. Lo cierto del caso es que fue vista primero por los perseguidores de indios y mani­pulada por ellos con toda clase de venenos. Descubierta la ballena por varias tribus de onas, y golosos como son éstos de la grasa del cetáceo, se dieron el gran banquete y allí que­dó el tendal de muertos, como si se hubiera librado una gran batalla; se calculan en unos quinientos o más, fue un día de “caza máxi­ma”.»(*1).

(1*) Borrero, José María, La Patagonia trágica

(2.ª edición), Argentina: Zagier & Urruty, pp. 21-22.

 

Coleccion: Pueblos Originarios. Ballenas y Arpones

 

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Editorial

Buscando huellas en el agua y en el hielo

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Por hartazgo o debido a las prioridades impuestas por las guerras en que se hallaba involucrada, la corona española prácticamente abandonó aquel promisorio paso marítimo que descubriera Magallanes y que, años más tarde, provocara la mortal obsesión de Sarmiento de Gamboa. Los piratas ingleses siguieron usándolo pero cada vez con menor intensidad: preferían hacer unas millas más y dar la vuelta por el paso más amable, descubierto -y no declarado- por Francis Drake y que hoy lleva su nombre. Poco faltaba para que los holandeses Schouten y Le Maire encontraran en 1616 el paso por el cabo de Hornos, hecho que determinó la insularidad de Tierra del Fuego.

Esta nueva ruta abriría nuevas instancias para la exploración científica, impondría nuevos desafíos cartográficos y se ofrecería como una puerta a nuevos espacios estratégicos para el reabasteci­miento, para el comercio y la explotación de recursos naturales, muchos aún por descubrir.

A fines del siglo XVI, ya el pirata inglés Thomas Cavendish dejaba asentado, en su diario de viajes por la región, una matanza de 14.000 pingüinos y un sinnúmero de lobos marinos para hacer charqui para consumo de su tripulación. Este acto, sumado a otros parecidos llevados a cabo por aislados navegantes ingleses y holandeses, si bien no alteró el ecosistema fueguino, constituye la apertura hacia una actividad mercantil de crecimiento exponencial que llevaría rápidamente al borde de la extinción tanto a lobos como a pingüinos y ballenas, lo que afectó dramáticamente a los humanos que habitaban la región y dependían de esos recursos.

En esta edición intentaremos establecer una secuencia y exponer puntos de conexión entre los sucesos que, aunque hayan tenido motivaciones y procedencias no vinculadas, produjeron consecuencias que, en suma, terminaron modelando la realidad actual de Tierra del Fuego y apuntalaron el abordaje a la región antártica.

 

Por Fernando Ariel Soto. Colección Aventureros y Pioneros. Balleneros antárticos

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Editorial

Antonio Pigafetta: El reportero exclusivo de Magallanes

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Los patagones, según Antonio Pigafetta

“Yo, Antonio Pigafetta, nacido en la ciudad italiana de Vicenza, fui uno de los dieciocho hombres que hizo el primer viaje alrededor del Globo junto al valeroso capitán Magallanes. Había leído en los libros las cosas maravillosas que se ven navegando por los océanos y quería comprobar con mis propios ojos si eran ciertas”.

Italiano intelec­tual y aventu­rero, conocido por sus estudios en astronomía, geografía y carto­grafía, conoció el astrolabio y el uso del imán como brújula. Viviendo en España, conoce el proyecto de Magallanes y, dada su natu­raleza audaz y curiosa, se postula como cronista de la expedición y es aceptado. Su relato de los hechos (Relazione del primo viaggio intorno al mondo (1524) es la fuente principal de información so­bre el viaje de Magallanes. Estos son al­gunos fragmentos de su increíble relato.

Introducción

El capitán general Frenando de Maga­llanes había resuelto emprender un largo viaje por el Océano, donde los vientos soplan con furor y donde las tempestades son muy frecuentes. (…)

A los peligros naturalmente inherentes a esta empresa, se unía aún una desventaja para él, y era que los comandantes de las otras cuatro naves, que debían hallarse bajo su mando, eran sus enemigos, por la sencilla razón de que eran españoles y Magallanes portugués.

Patagones

Alejándonos de estas islas para continuar nuestra ruta, alcanzamos a los 49° 30’ de latitud sur, donde encontramos un buen puerto; y como ya se nos aproximaba el invierno, juzgamos conveniente pasar ahí el mal tiempo. Transcurrieron dos meses antes de que avistásemos a ninguno de los habitantes del país. Un día en que menos lo esperábamos se nos presentó un hombre de estatura gigantesca. Estaba en la playa casi desnudo, cantando y danzando al mismo tiempo y echándose arena sobre la cabeza. (…) Este hombre era tan alto que con la cabeza apenas le llegábamos a la cintura. El comandante en jefe mandó darle de comer y de beber, y entre otras chucherías, le hizo traer un gran espejo de acero. El gigante, que no tenía la menor idea de este mueble y que sin duda por vez primera veía su figura, retrocedió tan espantado que echó por tierra a cuatro de los nuestros que se hallaban detrás de él. Le dimos cascabeles, un espejo pequeño, un peine y algunos granos de cuentas; en seguida se le condujo a tierra, haciéndole acompañar de cuatro hombres bien armados. (…)

Quiso el capitán retener a los dos más jóvenes y mejor formados para llevarlos con nosotros durante el viaje y aun a España; pero viendo que era difícil apresarlos por la fuerza, usó del artificio siguiente: dioles gran cantidad de cuchillos, espejos y cuentas de vidrio, de tal manera que tenían las dos manos llenas; en seguida les ofreció dos de esos anillos de hierro que sirven de prisiones, y cuando vio que deseaban mucho po­seerlos (porque les gusta muchísimo el hierro) y que por lo demás no podían tomarlos con las manos, les propuso ponérselos en las piernas a fin de que les fuera más fácil llevárselos: consintieron en ello y entonces nuestros hombres les aplicaron las argollas de hierro, cerrando los anillos de manera que se encontraron encadenados. (…) Nuestro capitán dio a este pueblo el nombre de patagones.

Colección Aventureros y Pioneros Magallanes y Elcano

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Editorial

Técnicas de la caza del guanaco

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“No creo justificado hablar de un método de caza especialmente desarrollado, pues el guanaco es fácilmente accesible, la naturaleza del paisaje no presenta graves obstáculos y la fuerza de penetración de la flecha es suficiente.” (Gusinde)

Martin Gusinde consigna con inapelable determinación la importancia del guanaco en la subsistencia y la cultura de los cazadores de a pie fueguinos: “Indis­cutiblemente el guanaco es un animal de importancia vital para el selknam, pese a que para los aborígenes sep­tentrionales el cururo también asume considerable significación. Se halla extendido por toda la Isla Grande en gran cantidad y su aprovechamiento en la economía indígena es tan múl­tiple, que no hay parte digna de men­ción que no se utilice en algo.

Además de las condiciones de la co­marca, los hábitos de vida de este ani­mal facilitan su caza. Es alto y fuerte, suele vivir en manada, se delata al pun­to por su curiosidad y sus relinchos, y las grandes pisadas que deja en el bos­que y el terreno arenoso no tardan en llevar tras de sí a cazadores y perros. Particularmente en el sur, el guanaco suele permanecer en los cerros duran­te la primavera y el verano, volviendo a los valles en invierno. Casi a diario acude al abrevadero siguiendo sendas trilladas y bien visibles, y suele deposi­tar sus excrementos por lo general en el mismo lugar. Su coloración mimé­tica no le brinda protección total en el bosque, ni tampoco en las extensiones abiertas. Estudiando las huellas en el suelo, el indígena ha aprendido a de­terminar, con sorprendente acierto, no sólo el sexo y la edad del animal, sino los días que han pasado desde que las dejara. Admirado, pude comprobarlo con mis propios ojos más de una vez. Todo esto ayuda al indígena a aproxi­marse al guanaco y cazarlo con relati­va facilidad.

No creo justificado hablar de un método de caza especialmente desa­rrollado, pues el guanaco es fácilmen­te accesible, la naturaleza del paisaje no presenta graves obstáculos y la fuerza de penetración de la flecha es suficiente. Generalmente el hombre va de caza solo, tomando cualquier dirección al azar. Los perros que lo acompañan descubren una huella, la siguen y buscan incansablemente has­ta dar con el animal. Dando fuertes ladridos anuncian el lugar al dueño y tratan de retener allí al guanaco hasta que aquél llegue. La mayoría de las veces el guanaco se aleja corriendo. El perro, empero, logra atajarlo una y otra vez o, cuando menos, llevarlo en una dirección tal que termine co­rriendo hacia el cazador. Este último se mantiene oculto o se aproxima di­simuladamente. A una distancia de veinte a treinta metros dispara la fle­cha a la parte superior del pescuezo del animal y la atraviesa. El animal herido nunca cae fulminado, sino que sigue corriendo cierto trecho. Lo acompa­ñan los perros aullando y ladrando. El dolor y el miedo le hacen agachar pro­fundamente la cabeza, mientras corre siempre cuesta abajo. Los perros lo siguen con suma facilidad saltándole a la cabeza y al cuello, le muerden la cara, se cuelgan con el hocico de los labios y las orejas del animal e hincan sus filosos dientes en su pescuezo. El cazador sigue apresuradamente los rastros de sangre y el ladrido de los perros. Hay veces que tendrá que re­correr largas distancias hasta que el guanaco se desplome; dependerá de la herida y del encarnizamiento de los perros. Es frecuente que la cabeza del animal parezca finalmente una sola herida terriblemente desgarrada; no es raro que le arranquen un ojo im­pidiendo así que siga huyendo. Los perros son tan hábiles y están tan en­furecidos que es raro que un guanaco herido pueda evadirse. Esta forma de cazar es la más frecuente y se practica casi a diario; tuve más de una ocasión de participar en ella.

Cuando va de caza el selknam no deberá tener nada que le estorbe. No lleva más que su arco y la aljaba con las flechas; en momentos de apremio toma ésta entre los dientes y está siem­pre listo para tirar. Deja caer el manto a tiempo; su piel curtida soporta bien todos los rasguños y escoriaciones que habrá de sufrir al atravesar los ma­torrales, al arrastrarse por el suelo o al deslizarse sobre las piedras. Es de suponer que antiguamente nadie iba de caza sin pintarse, cuando menos, el rostro, las más de las veces con el rayado vertical desparejo sobre ambas mitades del rostro.

Fuente: M. Gusinde, Los indios de Tierra del Fuego

Colección Pueblos Originarios: Guanacos

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