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Magallanes, la aventura más audaz de la humanidad

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Extracto del libro de Stefan Zweig *

“Intenta representártelos partiendo en sus frágiles barcas de pescador hacia lo desconocido, ignorantes de los derroteros, perdidos en lo infinito, continuamente expuestos al peligro, al capricho de las inclemencias del tiempo y a todas las torturas de la escasez. Sin luz en la noche, sin más bebida que el agua tibia de las cubas y la que recogieran de las lluvias; sin más comida que la sosa galleta y el tocino rancio…“ Así nos introduce Stefan Zweig a la lectura de su fascinante libro. ¡Y todo esto por unos miserables condimentos! Para entender el por qué de semejante aventura en pos de una recompensa que hoy juzgamos tan magra, hay que ponerse en el lugar y en el tiempo de los sucesos. Estos fragmentos escogidos despejan toda duda.

 

“Navigare necesse est”
En el principio eran las especias… Desde que los romanos, a través de sus viajes y sus campañas, empezaron a hallar gusto en los ingredientes estimulantes, calmantes o embriagadores de Oriente, las tierras occidentales no saben ya prescindir de la especiería de las drogas índicas, tanto en la cocina como en la bodega.
Hasta muy entrada la Edad Media, la alimentación nórdica resulta sosa hasta lo inconcebible, y aun las hortalizas hoy día más comunes, como las patatas, el maíz y los tomates, tardarían todavía mucho en adquirir carta de naturaleza en Europa(…). Y aparece el prodigio: un solo gramo de un condimento índico, un poco de pimienta, una flor seca de moscada, una punta de cuchillo de jengibre o de canela mezclados en la más grosera de las viandas, bastan para que el paladar, halagado, experimente un raro y grato estímulo. Entre el tono mayor y el menor de lo ácido y de lo dulce, de lo cargado y de lo insulso, aparecen de pronto una serie de ricos tonos y semitonos: los nervios del gusto, todavía bárbaros, de la gente medieval nunca se satisfacen bastante con los estimulantes nuevos (…). Pero no se limitaba a la cocina el uso de abundantes masas de especiería.
La vanidad femenina es también cada vez más exigente respecto a los aromáticos de Arabia, y va del almizcle voluptuoso al ámbar sofocante y al dulce aceite de rosas; los tejedores y tintoreros hacen elaborar para ellas las sedas chinas y los damascos de la India, y los orfebres, montar las perlas blancas de Ceilán y los azulados diamantes de Narsingar. Más imperiosamente todavía, la Iglesia católica impulsa el consumo de los productos orientales, pues de los millares de millones de granos de incienso (…) llegaban por mar, embarcados en tierras de Arabia.

También los boticarios son asiduos clientes de los tan celebrados específicos de Indias, tales como el opio, el alcanfor, la tan estimada resina, y saben por experiencia que para el enfermo no hay bálsamo ni droga que parezcan tan activos como los que en los botes de porcelana que los contienen llevan en letras azules las palabras mágicas arábicum o índicum.  
Por su carácter de cosa selecta y rara, y quizá también por lo elevado del precio, todo lo oriental ejercía una atracción hipnótica en los europeos. Como en el siglo dieciocho lo francés, los atributos árabe, persa, indostánico, se identificaban en la Edad Media con los conceptos de exuberante, refinado, distinguido, cortesano, costoso y precioso. (…)
Precisamente porque, con el aceite de la moda, es tanta la demanda, la mercancía índica se mantiene a altos precios, que siguen subiendo. Hoy son poco menos que incalculables las curvas de aquellos precios en continua alza, ya que todas las tablas caen en lo abstracto, y es aún más fácil hacerse cargo de la loca supervaloración de las especias por vía óptica, recordando que la misma pimienta que hoy hallamos a libre disposición en cualquier mesa de onda, y que se prodiga como si fuera arena, al principio del segundo milenario era contada por granos y casi tan apreciada al peso como la plata. Tan sólido se consideraba su valor, que eran varios los Estados y ciudades que calculaban a base de pimienta, como si fuera un metal noble(…)y cuando en la Edad Media se quería ponderar la riqueza de un hombre, se lo apodaba “saco de pimienta”.
EI jengibre, la canela, la quina y el alcanfor se pesaban en balanzas de orfebre o de boticario, tomando la precaución de cerrar puertas y ventanas, no fuera que una corriente de aire aventara ni siquiera una dracma de polvo precioso. Absurda podrá parecer hoy esta valorización, tanto como justificada la vemos en cuanto consideramos las dificultades y el riesgo del transporte. Oriente y Occidente están en aquel entonces a una distancia imponderable entre sí.
¡Cuántas dificultades y obstáculos tienen que vencer los buques, las caravanas, los carros en sus trayectos! ¡Qué odisea han de afrontar cada grano, cada flor, desde que se cosechan en el archipiélago hasta que, llegados a la última playa, descansan sobre el mostrador del tendero europeo! Ninguna de esas especias es en sí misma una rareza. Allá, a la otra parte del globo terráqueo, crecen los tallos de canela, de Tídore, los clavos de Amboina, las nueces moscadas de Band a, los arbustos de pimienta del Malabar, con la misma prodigalidad y espontaneidad que los cardos en nuestro suelo, y allá en las islas malayas, un quintal de ellos no tiene más valor que en Occidente lo que cabe de los mismos en una punta de cuchillo. Pero la mercancía pasa de mano en mano, ¡y por cuántas ha de pasar hasta llegar, a través de desiertos y mares, a las del consumidor! Como siempre, la primera mano es la que peor se paga: el esclavo malayo que coge las flores frescas y, con los laces sobre su morena espalda, las lleva al mercado, no recibe otro salario que el del propio sudor.
Pero su dueño ya empieza a sacar provecho del negociante mahometano que le compra su carga y la lleva, en una mala embarcación a remo, bajo el incendio del sol, ocho, diez o más días de las islas especiarias, hacia Malaca -en las cercanías del actual Singapur-. Aquí está ya al acecho la primera araña dispuesta a sacar jugo; el señor del puerto, un poderoso sultán, exige un tributo del negociante para la descarga. Una vez satisfecho el tributo, el romántico producto puede ser transportado a otra embarcación más grande, y vuelve a resbalar lentamente, impelido por el ancho remo o la vela cuadrilátera, de una a otra costa índica.

Transcurren meses en ese monótono avance, y vienen las esperas interminables, cuando cae el viento bajo un cielo ardiente, sin nubes; y el esquivar los tifones y huir de los corsarios… Trabajoso hasta lo indecible y rodeado de peligros es ese transporte a través de dos, de tres mares tropicales; casi siempre, de cada cinco barcos sucumbe uno por el camino, bajo la tormenta o el asalto de los piratas.
El comprador de la mercancía bendice a Dios cuando ha podido dar felizmente la vuelta a Camboya y alcanza por fin Ormuz o Adén y, con ello, el paso a la Arabia feliz o a Egipto. Pero no es menos deficiente la forma de fletamento que aquí empieza, ni menos arriesgada. Largas hileras de millares de resignados camellos esperan en aquellos puertos de transición. Dóciles a la señal de su dueño, se arrodillan, y un saco detrás de otro, los haces de pimienta y de nuez moscada vienen sobre el lomo de aquellos barcos decuatro patas que oscilarán lentamente a través del mar de arena. Durante meses las caravanas árabes llevan las mercancías indicas, por Basora, Bagdad y Damasco, y Beirut y Trebisonda, o por Dsehidda al Cairo, nombres que resuenan con las maravillas de Las mil y una noches.
Antiquísimas son esas largas rutas a través del desierto, y familiares a los mercaderes desde el tiempo de los faraones y de los bactrianos. Pero no menos las conocen, por desgracia, los beduinos -esos piratas del desierto-. A veces un ataque osado y rápido aniquila en un momento el fruto adquirido y defendido a duras penas durante muchos meses. Lo que habría escapado felizmente a las tempestades de arena y a los beduinos, tienta la codicia de otros: emires de Hedscha, sultanes de Egipto y Siria, que exigen el tributo, y costosísimo por cierto, para cada fardo -se calcula en cien mil ducados lo que se recauda anualmente por derechos de pasaje de especias solamente en Egipto-. Y por fin cuando el cargamento ha alcanzado la desembocadura del Nilo cerca de Alejandría, le espera un nuevo usufructuario, y no el menos exigente, en la flota de Venecia.

Desde la pérfida abolición de la competidora Bizancio, la pequeña República de Venecia se ha apropiado el monopolio del comercio oriental de las especias; la mercancía, en vez de ir directamente a su destino, ha de pasar por el Rialto, donde los factores alemanes, flamencos e ingleses la encarecen. Y de allí, en carros de anchas ruedas, atravesarán las nieves y los hielos de los pasos alpinos, las mismas especias que dos años antes brotaban al sol tropical, hasta dejarlas en poder del tendero europeo y, por ende, en manos del consumidor.

(…) Todo privilegio será estimado por los otros como injusticia, y allí donde sólo un pequeño grupo se enriquece en demasía, se forma inevitablemente una coalición de los perjudicados. Hace muchos años que genoveses, franceses y españoles miran con evidente animosidad a los más listos venecianos que han sabido captar los chorros del oro en el Gran Canal, y con más enojo todavía vuelven los ojos hacia Egipto y Siria, donde el Islam tiene echada una cadena infranqueable entre la India y Europa.

No le es permitido a ningún buque cristiano surcar el mar Rojo, ni a ningún comerciante le es lícito el paso; todo el comercio índico queda rigurosamente limitado a las manos de los mercaderes turcos y árabes, con lo cual no solamente sube inútilmente de precio la mercancía para los consumidores europeos y se le hace imposible desde un principio toda ganancia al comercio cristiano, sino que también se corre el riesgo de que todo el sobrante de metal rico fluya hacia Oriente, ya que las mercancías europeas no tienen, ni con mucho, el valor de trueque alcanzado por las preciosas materias índicas.
Bastaba este sensible déficit comercial para que la impaciencia de Occidente aumentase cada vez más, ansiosa de sustraerse al ruinoso y rebajante dominio, hasta que las energías hallaron su punto de convergencia.
Las Cruzadas no fueron solamente -como románticamente se ha interpretado- un intento puramente místico para arrebatar a los infieles la tierra donde se erige el Santo Sepulcro; esta primera coalición cristiano europea representaba asimismo el primer esfuerzo lógico y ordenado conscientemente para echar abajo aquella barrera que vedaba el mar Rojo, y franquear a Europa y a la cristiandad el comercio con Oriente. Como este golpe se frustró y, no pudiendo arrebatar Egipto a los mahometanos, el Islam continuaba atajando el camino de la India, se despertó el deseo de encontrar otro camino libre, independiente. El valor que dio el impulso a Colón para explorar hacia Occidente, a Bartolomé Díaz y a Vasco de Gama hacia el Sur, y a Cabot al Norte, hacia el Labrador, nació, ante todo, de la voluntad de descubrir, por fin, en beneficio del mundo occidental, una ruta marítima libre, sin pago de derechos, quebrantando así la ignominiosa prepotencia del Islam.
(…) Cierto que el rey y sus consejeros se hubieran entusiasmado, en todo caso, con la atrevida idea que encerraban los propósitos de Colón y de Magallanes de buscar un mundo nuevo; pero nunca el dinero necesario para sus planes hubiera corrido el riesgo, nunca los príncipes y los especuladores hubieran armado y puesto a su disposición una flota, sin la perspectiva de poder sacar enormes réditos de la suma empleada en el viaje de descubrimiento. Detrás de los héroes de aquella edad de los descubrimientos se movían como fuerzas impulsivas los negociantes; también este primer impulso heroico hacia la conquista de un mundo partía de fuerzas muy terrenales. En el principio eran las especias…•

 

*Stefan Zweig (Viena, Austria, 28 de noviembre de 1881-Petrópolis, Brasil, 22 de febrero de 1942) fue un escritor, biógrafo y activista social austríaco de la primera mitad del siglo XX.
Como intelectual comprometido, Zweig se enfrentó con vehemencia contra las doctrinas nacionalistas y los totalitarismos de la época. Conoció a Albert Einstein en su exilio en Princeton. Zweig cultivaría la amistad de personalidades como Máximo Gorki, Rainer Maria Rilke y Auguste Rodin. 
Sus obras estuvieron entre las primeras que protestaron contra la intervención de Alemania en la segunda guerra mundial y fue muy popular entre 1920 y 1930. Escribió novelas, relatos y biografías. Su biografía de Magallanes es un compendio fundamental para entender la complejidad y la estatura de este colosal personaje. 
En Argentina, recibió especial atención del periodista Bernardo Verbitsky, quien escribirá un ensayo acerca del visitante: Significación de Stefan Zweig (1942).Los permanentes exilios por persecuciones políticas lo convirtieron en un navegante del mundo que finalmente se estableció en Brasil.
Desesperados ante el futuro de Europa y su cultura, pues creían que el nazismo se extendería a todo el planeta, el 22 de febrero de 1942, él y su esposa se suicidan. Se habían despedido de amigos, y dejaron sus cosas en orden,: «Creo que es mejor finalizar en un buen momento y de pie una vida en la cual la labor intelectual significó el gozo más puro y la libertad personal el bien más preciado sobre la Tierra».•

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Una revolución obrera en el Atlántico Sur

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En 1920, los balleneros de las Georgias se sublevaron y proclamaron una “revolución bolchevique”, conservando el poder durante diez días.

La región austral tiene una fecunda historia de luchas obreras, aunque no son muy conocidas. En las últimas décadas, hubo intentos de historiadores y pe­riodistas por sacar a la luz esas con­frontaciones sociales.

En Punta Arenas se gestó una po­derosa fracción de la oligarquía argen­tina. Los estancieros se enriquecieron aceleradamente ocupando las tierras y exterminado a los nativos.

Ese desarrollo convocó a miles de trabajadores. No llegaron solos, mu­chos de ellos trajeron consigo su re­beldía. Su capacidad de organización les permitió superar las dificultades climáticas y generar las inéditas mo­vilizaciones y huelgas de la Patagonia Rebelde y hasta una reedición de la Comuna de París en Puerto Nata­les. Ese proceso llegó a ser calificado como “el más importante proceso de lucha social de América Latina”.

En los últimos meses se sumó un nuevo hecho a esa legendaria historia, al conocerse la rebelión de los ballene­ros y su “revolución socialista” en las Georgias del Sur.

 

 

Una factoría ballenera en el Atlántico Sur

A mediados del siglo XIX, los navegantes del hemisferio norte des­cubrieron que existía una enorme ri­queza virgen en los mares australes. Llegaron decenas de barcos para con­vertir en aceite a millones de cetáceos y lucrar con el abastecimiento de las luminarias de las ciudades europeas y norteamericanas.

La depredación de lobos y elefan­tes marinos fue tan grande, que en po­cos años desaparecieron enormes co­lonias que habían perdurado durante milenios. Luego, los cañones apunta­ron hacia las numerosas ballenas.

En las aguas del Atlántico Sur se encontraba, entre otras, la famosa ba­llena azul de 150 toneladas de peso. Con el aceite y otros subproductos extraídos se podía “ganar 2.500 li­bras” por ejemplar (1). En 1912 varó en Grytviken el mayor cetáceo jamás capturado: una ballena azul que me­día 33,58 metros (2).

Las Georgias del Sur están ubicadas a 1.300 kilómetros de las Islas Malvi­nas y a 1.700 de Tierra del Fuego, y en el mismo paralelo que Ushuaia. Allí se desarrolló el centro de operaciones

ballenero del Atlántico Sur.

En 1904, la Compañía Argentina de Pesca (CAP) -una sociedad entre la empresa argentina de Ernesto Tor­nquist y capitales noruegos- se insta­ló en Grytviken con dos veleros, a los que posteriormente sumó una veinte­na de barcos. Ese año pudieron cap­turar 195 cetáceos. Pero, en algunas temporadas, se llegaron a procesar 95.000 ballenas.

Hubo varios centros productivos: Grytviken fue el primero y perma­neció activo hasta 1965; y luego es­tuvieron Leith (1909-1933), Prince Olav (1916-1934), Stromness (1912- 1931), Nueva Fortuna (1909-1920) y Godthul (1908-1929) (3).

 

Una factoría con más de mil obreros

La actividad ocupaba a muchos operarios, un porcentaje menor y cali­ficado en la pesca, y una participación menos especializada pero bastante mayor, involucrada en elprocesa­miento. Los obreros que participaban en esas “duras tareas”, se integraban a la industria por “distintos incentivos, en primera instancia algunos conti­nuaban la tradición de sus orígenes o de sus familias, una mayoría se unía por el atractivo de los buenos salarios, y otros se sumaron tomando en cuen­ta que las condiciones de trabajo se habían vuelto menos rígidas, mejor organizadas al operar en flotillas, con apoyos de radio, médicos, etc.” (3).

La gran mayoría de los balleneros eran noruegos. La población oscilaba entre un millar de habitantes en el ve­rano (llegando a unos dos mil en cier­tas temporadas) y unos doscientos en invierno. Predominaron los nórdicos pero también se sumaron argentinos, chilenos y uruguayos.

La elevada rentabilidad de la in­dustria permitía pagar excelentes sa­larios y en Grytviken se podía gozar de una vida confortable. Algunos trabajadores de las factorías vivieron en el lugar con sus familias. La aldea contaba con cine, cancha de fútbol, iglesia, hospital, panadería, carnice­ría, estación de radio, biblioteca, tres muelles, un dique flotante y una usina hidroeléctrica. También operaron tra­yectos ferroviarios para el transporte de cargas.

La CAP llegó a producir mil barri­les de aceite diarios, además de proce­sar la carne, los huesos y otros subpro­ductos de las ballenas.

 

La revolucion más austral del mundo

De las luchas libradas por los obreros patagónicos, en las primeras décadas del siglo XX, existen testi­monios y literatura que aportaron a su conocimiento. Pero, hasta ahora se ignoraba lo ocurrido, en esa mis­ma época, en Grytviken.

 Pablo Fontana publicó reciente­mente un libro que aborda la pugna de las grandes potencias y la política de Argentina y Chile en la Antártida, en­tre 1939 y 1959. En un capítulo de ese trabajo, el investigador del CONICET dio detalles de la ignorada sublevación obrera ocurrida en las Georgias.

“A principios de 1920 en Gryt­viken, a poco más de dos años de la Revolución de Octubre en Rusia, un grupo de treinta y seis trabajadores contratados en Buenos Aires organizó una huelga en la que se sumaron dos­cientos trabajadores del lugar, salvo tres a los que se consideró expulsar de la isla. Los huelguistas amenazaron con atacar a las autoridades británicas y declarándose bolcheviques intenta­ron instaurar un gobierno siguiendo el modelo soviético bajo ideales mar­xistas además de plantearse como objetivo la organización de todos los trabajadores balleneros del mundo. Los revolucionarios lograron hacerse del poder en la isla…” (4).

El historiador amplió los detalles de lo ocurrido: “Esa historia es impre­sionante y se sabe poco de ella. Solici­té documentos al archivo histórico en Puerto Argentino, donde se explica que el conflicto” con la CAP “se ori­ginó porque los trabajadores exigían que les pagaran en moneda argentina, entre otras mejoras. Al no recibir res­puesta, decidieron nada menos que tomar el poder en la isla, declarán­dose ‘bolcheviques’, y proclamaron la ‘primera república socialista fue­ra de Rusia’. Tomar el poder en ese contexto para los 200 trabajadores no debe haber sido muy difícil. Allí había un gerente noruego y una autoridad británica -una suerte de juez de paz -quienes dejaron testimonio de haber­se asustado mucho cuando los traba­jadores se pusieron violentos al no re­cibir respuestas. El poder lo tuvieron por unos diez días, hasta que llegó por casualidad un crucero de guerra britá­nico…” (5).

El 17 de enero de 1920, “el crucero británico HMS Dartmouth comandado por el capitán H. W. W. Hope arribó a Grytviken y envió un grupo de ma­rinos armados bajo el mando del te­niente Moon que reprimió y desarmó a los trabajadores. Los líderes de esta pequeña revolución comunista fueron deportados el día 21 en dos arpone­ros a territorio continental argentino. Los trabajadores de las Georgias del Sur quizás con la experiencia de la “Semana Trágica” de enero de 1919, fueron de esta forma la vanguardia desconocida que se adelantó a los eventos de la Patagonia Rebelde” (4).

Fontana constató que luego de ha­ber sofocado la rebelión “los líderes fueron expulsados a Buenos Aires. No existe información clara sobre quienes fueron” (5); como tampoco sobre la represión y las consecuencias que pudieron sufrir al llegar al país.

El joven historiador procura avanzar sobre esos detalles ocultos: “Contacté a historiadores noruegos de la industria ballenera que me van a facilitar los nombres de aquellos huelguistas, a ver si alguno tuvo par­ticipación en las luchas obreras del continente y si existe relación entre los tres episodios (La Patagonia Re­belde, la Semana Trágica y la sublevación en Georgias)” (5).

Más allá de lograr estas precisiones, la revelación permite mensurar la magnitud de la rebeldía obrera existente, que llegó a manifestarse hasta en las puertas de la Antártida.•

 

NOTAS:

(1) Destefani, Laurio H. Malvinas, Georgias y Sánd­wich del Sur, Edipress, Buenos Aires, 1982.

(2) http://www.navegar-es-preciso.com/news/islas­georgias-del-sur/.

(3) La actividad ballenera. www.histamar.com.ar.

(4) Fontana, Pablo. La pugna antártica, Guazuvirá Ediciones, Buenos Aires, 2014.

(5) Entrevista a Pablo Fontana publicada en Pági­na/12 el 15 de diciembre de 2015.

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Biografías

El Círculo de amigos de Plüschow: Guardianes del legado material y espiritual del aventurero

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El Círculo de amigos de Gunther Plüschow (asociación registrada) fue fundado a comienzos del año 2011. Gerhard

E. Elhers recibió el mensaje el Concejo ciudadano de Berlin (Senado) de que existía el propósito de allanar la

tumba del cementerio donde descansa Gunther Plüschow en Berlin.

La única posibilidad de evitar esto es comprando la tumba, lo cual no puede ser realizado por personas privadas, para ello es necesario formar una “asociación official”. El costo era de 2.500 euros.

Para concreter esto Gerhard resolvió formar un círculo de amigos y recolectar el dinero alrededor del mundo, con el soporte del argentino Roberto Litvachkes, para finalmente comprar la tumba, la cual pertenece ahora al “Círculo de amigos…” de ese modo, la tumba de Plüschow quedará a salvo para las próximas generaciones.

El Círculo es presidido por el señor Ehlers y co-presidido por Roberto Litvachkes para Latinoamérica.

Tiene miembros alrededor de todo el mundo que aportan una cuota anual de membresía.

El Círculo resguarda la memoria de Gunther Plüschow y atesora el mayor achivo temático del mundo

sobre la vida de este personaje histórico. El Círculo adquirió el sitio y mantiene la red de noticias “Plüschow

Network”que se encarge de realizar y difundir alrededor del mundo las actividades acerca de Plüschow.

El Círculo está permanentemente ampliando la colección de objetos pertinentes. Su última adquisición fue en octubre de 2018- una carta manuscrita privada de Plüschow.

El Círculo aspira a resguardar y mantener el legado espiritual de Gunther Plüschow, promoviendo la idea de una cooperación y entendimiento internacional entre diferentes países, culturas y personas basados en los ideales que alentaron las acciones de Plüschow: el pacifismo, las relaciones fructíferas entre diferentes pueblos y países.

Su legado es un excelente ejemplo de una cooperación universal sin límites ni fronteras.

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